ANGELES EN EL CANAL

El canal era nuestro verano. Jugábamos, cantábamos y nadábamos entre sus orillas putrefactas. En calzoncillos o desnudos. Total, no teníamos ni pelos. Las niñas en calzones y, las más grandes, calzón y polera. ¡Ay!, de quién intentara una investigación genital, incitado por los mayores. El audaz tenía que huir. Entre todas insultaban, mordían, arañaban, golpeaban y, ante la risa, nuestra curiosidad se pagaba con lágrimas. El río, más lejano que una bicicleta, para los más pequeños existía los sábados y domingos. Y era un capricho de los adultos. Por eso el canal; su mar estaba al alcance de la mano. Por él navegaba la podredumbre: juguetes, frutas, ropas, animales muertos. Ahí nadábamos, sorteando la parafernalia de la suciedad, tardes enteras. El sol de los pobres despunta entre las basuras.

El Gato fue el primero en avistarlo. Encajado entre restos de sandía y hormigueados renunclos, un feto, azul, casi violeta, hinchado, mordisqueado por  las ratas. Claramente un niño. En torno a él las moscas zumbaban como perros furiosos.

-Tenemos que rezarle-, dijo la mayor sosteniéndolo de un pie. Nos juntamos a su alrededor y oramos, como en las misiones, tres santa María y tres Dios te salve, pusimos una cáscara  en su cabeza, por el calor, y cantando Ave, Ave, Ave María…, lo dejamos ir junto a las flores como ofrenda. Se perdió en los recovecos verde negros del cauce. Nos tendimos en el barro maloliente.

-¿Viste que los angelitos flotan? – me dijo el Gato.- No es angelito -, replicó la mayor, – e un aborto -. No entendíamos y ella se dio cuenta. – Es cuando los niños no nacen -, explicó. – A las rica le gusta lo bueno no más -. – ¿Y por qué los echan al agua? -, pregunto el Toño, mi hermano. Nadie respondió.

Pa que lleguen al cielo -,  dije orgullosamente. Y me zambullí.


Ramón Rubina