El pájaro de las palabras

Como un negro paraguas, el escarabajo, muy serio, cruza el amarillo sendero de las hojas. ¿Qué lleva bajo su oscuro traje que, sin mirar el baile de las mariposas, ni escuchar el contrabajo del gorrión, camina ensimismado rumbo a su casa?

¿Un libro, quizás, encontrado en las viejas librerías del otoño y donde las arañas dibujaron con hilos de plata el laberinto del cielo? ¿O una colección de mapas, una antigua cartografía, casi borrada por el sol, que la noche grabó en las gotas del rocío con su tinta helada?

Tal vez una bolita de estiércol, o una mota de pelos, pedacitos de fruta, el pétalo fragante de una flor lejana que algún aeronauta ha traído bajo sus plumas y, como regalo, ha dejado en el patio donde vive. Aquel ramillete sonoro iba y venía agujereando el aire, se detenía en su patio y, mientras picoteaban o zumbaban, dejaban caer esos pequeños fragmentos de las inexploradas distancias de sus vuelos.

Con ellas podía imaginar nuevas formas, colores, grandes espacios con árboles, flores y diminutos e imponentes seres, con los que poblaba una selva desconocida a la que se internaba en busca de los misterios del conocimiento.

Todos saben que el escarabajo es un erudito y suelen dejarle esas evidencias para su colección que, según dicen, es colosal y guarda tesoros y misterios inigualables, como la pestaña de una sirena, el grano de arena del primer océano del mundo, una astilla del árbol de la perdición, una gota de azúcar, la pluma de un quetzal recién nacido, además de los retazos de un libro, el cual, vuelven a decir, reúne pedazo a pedazo, fragmento a fragmento y donde está toda, pero toda, la sabiduría del mundo.

En el que hay retratos de todos, pero de todos los seres reales e imaginarios, incluyendo sus nombres e historias, que pueblan la vida y su infinita naturaleza. Incluso el de aquellos desaparecidos por los cambios del tiempo, o extinguidos por nuestras malas costumbres, las que solemos tener con nuestros semejantes y los animales.

En realidad los verdaderos tesoros son aquellas evidencias, como esa bolita de estiércol o la mota de pelos que tentando por aquí, palpando por allá hacen que su sentido de la deducción, cual un Sherlock Holmes, y un poco de imaginación, logre reconstruir a quienes pertenecen. Por ejemplo, de aquel puñado de pelos, su resequedad, los gránulos de arena entre las hebras y el resto de dátiles, que guardaba entre sus tesoros, más un escrutinio de la bolita de estiércol y una conversación con una de esas aves migratorias, recién llegada de aquellos desiertos, le dieron la certeza de que animal se trataba y el lugar donde habitaba. Cosa que el ave confirmó, incrédula, al saber que el escarabajo nunca había abandonado aquel sitio.

-¿Y cómo supiste, entonces, que era un camello?-, le dijo el ave.

-Ni siquiera conocía el nombre. Tú me lo acabas de confirmar-, le respondió el escarabajo.

Luego, la migrante, después de agitar las plumas, lo acusó de mentiroso y se alejó volando, mientras decía que, seguramente, había estado en algún circo, de esos con animales exóticos, y por motivos, desconocidos para ella, había terminado en aquel lugar. Lo que no era verdad.

Una lástima, pensó el escarabajo, mientras la miraba alejarse, ya que deseaba preguntarle si el camello tenía una o dos jorobas, de lo cual no tenía plena certeza.

Sin embargo, a partir de ahí comenzaron a llegar visitantes de todo el mundo, quienes le traían pequeños regalos de lugares desconocidos, a cambio, por supuesto, de practicar ese arte deductivo que a ellos les parecía magia. Y para el cual un pelo significaba un tigre, allá en los manglares de la india o una plumita  del Mato Groso, en cuyo insondable verde volaba el tucán, perseguido por el canto lleno de colores del papagayo. Así, todos aquellos pedacitos,  entregados a cambio de su capacidad detectivesca, fueron armando un vasto mapamundi, donde el escarabajo podía caminar por la geografía del asombro, entre sus accidentes, la flora y fauna con que la poblaba, como admirar, desde la orilla de su imaginación, los enormes océanos, imposibles de vislumbrar en toda su extensión, aún en los días de lluvia.

-Un acuario azul, lleno de peces, como el cielo de estrellas-, le dijo una de las tantas gaviotas que lo visitaban, entregándole, para su colección, una transparente escama y la rota pinza de una jaiva. ¡Ah, suspiraba, me gustaría conocer, verdaderamente, todo lo que conozco!

El escarabajo sueña viajar a los ríos del Amazona, verdes como las verdes colas de los yacarés, o a los extensos ríos del África, tan sonoros como las trompas de los elefantes.

En las orillas de aquellas aguas, le han contado, sus primos hermanos suelen pasear luciendo coloridas sombrillas que, al regreso de sus viajes a las riveras de oro del Yangtsé, allá en el misterioso dragón de la China, les traen unas golondrinas contrabandistas.

A él le gustaría usar una de aquellos tornasolados quitasoles y pasear entre los muros del patio donde vive, bajo las hojas que suelen caer al podar el olivo, junto a una lagartija que sale a tomar el sol en los muros cuando es primavera.

Oculto, entre la hojarasca, la escucha pasar vestida con esos innumerables soles que hacen vibrar sus antenas mientras percibe los rojos, verdes, azules y naranjas que la cubren como un abecedario de pintura ¡Es tan hermosa! En cambio él…

Un jueves, mientras bebía de un pequeño charco, pues habían regado profusamente, sintió bajar desde lo alto a una lejana pariente suya. Una chinita, con un atuendo rojo y tres círculos negros, que al verlo dijo

-¡Huy! Que traje tan oscuro, estás pasado de moda. Pareces una gota de tinta negra-, y caminó pavoneándose frente a él, luciendo su vestido rojo, con tres círculos negros, una confección de madame La luciérnaga, muy a la usanza de París. Luego, y esto si le dolió, abrió sus alas y se alejó volando rumbo a todas partes. A esos lugares al otro lado de los muros donde nunca podría viajar y que soñaba conocer.

¡Ah! Como le hubiese gustado ser uno de los abejorros, sonoros y gordos como las tubas del orfeón municipal, o una de las tantas abejas, con su murmullo de azúcar amarilla, que se repartían por el cielo y la distancia. Para que hablar de la pajarería que cantaba, trinaba, y gorjeaba formando una trenza sonora que se esparcía entre las ramas del olivo, estremecía sus raíces, sacaba el aplauso de sus hojas y le ofrecía a la emplumada orquesta un banquete de honor y aceitunas.

Todo lo percibía el escarabajo con sus antenas, sus patas flacas como fósforos quemados y la caracola de su caparazón donde los sonidos, los colores, los movimientos, lo traspasaban como a un túnel de agua y volvían al mundo, dejándole un cielo poblado de chispas y árboles rojos en su interior. Y a él le gustaba eso. Pero lo que anhelaba eran sus alas. ¡Volar! ¡Volar! Volar, conocer, eso era. Entrar en el misterio que estaba más allá de su geografía, tras las paredes, como un océano de ruidos que hacía vibrar sus antenas dispuestas a lo desconocido.

Cuántas veces había intentado escalar esas interminables murallas, como si de las montañas del Himalaya se tratara. Para terminar de espalda, con las patitas al aire, sobre el amarillo de las hojas. ¡Con lo que le costaba ponerse de pie! Eso sí, valor no le faltaba.

Cierta noche, al salir de su refugio, en la hojarasca, después de una lluvia se detuvo al centro de un charco. El viento disipó los últimos retazos del aguacero y el escarabajo se vio rodeado de luces, redondas como naranjas.

Aunque no podía verlas, aquellos reflejos dorados parecían temblar en el agua y sus antenas vibraron de cielo. Se sintió aún más pequeño y entendió que lo rodeaba una inmensidad de pájaros de fuego, más allá de todo cuanto lograba percibir, y cuando quiso tocarlos, al remover el agua con sus patas, se convirtieron en un montón de astillas que ardían sin apagarse. Todo cuanto logró fue humedad y frio.

¡Qué pobre se percibió el escarabajo! Encerrado en su forma, nunca lograría conocer verdaderamente esas maravillas. Solo aquellos reflejos color naranja en el espejo roto de algún charco.

Pero hoy ha tenido buenas noticias. En la mañana, sus antenas, al recibir un persistente sonido, como el picoteo de un chincol, se abrieron como dos radares llenos de preguntas. Abandonando su refugio, cruzó el patio, entró en la casa, se detuvo frente a un zapato y sin pensarlo se encaramó, subió por la pierna de un pantalón, que le pareció interminable como una montaña de tela, cruzó la planicie de una camisa, bajó por la veloz cascada de una manga y se encontró ante una inmensidad poblada de papeles en cuyas blancas llanuras corrían, sin detenerse, manadas de letras tan negras como él. Y también semejantes a muchos de los seres que, sin haber visto jamás, deducía de aquellas pequeñas evidencia traídas, de quien sabe dónde, por sus visitantes a los cuales sorprendía hasta dejarlos con la boca abierta, y que lo consideraban un taumaturgo, de poderes más allá de lo imposible.  Unas eran redondas como los chanchitos de tierra cuando se asustan, otras altas como jirafas vestidas de smoking para un concierto, algunas semejantes a mariposas con las alas plegadas, también las había parecidas a zigzagueantes lombrices. Vio unas muy flacas que llevaban sombreros, algunas también sorprendentes como trompas de elefantes, pero sin elefantes; esa era un camello con una nube que la acompañaba a todas partes, la siguiente un murciélago colgado de una rama sin hojas. Eran tantas. ¡Tantas! Pero todas parecían dirigirse a un lugar determinado, un horizonte vertical y blanco donde se detenían, silenciosas y quietas, contemplando el mundo que estaba más allá de la página.

El escarabajo caminó entre aquellas hileras y comprendió, con el tiempo, que las letras se agrupaban formando palabras y cada palabra tenía su propia voz, y esta, a su vez,  unida a las de otras palabras,  formaban una frase que, al reunirse con otras, se convertían en un párrafo y esos párrafos en algo más grande, después lo supo, llamado texto. Pero, lo sorprendente, fue descubrir que las letras eran veintiocho y según como se unieran formaban nuevos términos. Y estas últimas, las palabras, también podían ser infinitas, pues siempre eran nuevas como si el mundo del que hablaban estuviera naciendo a cada rato, lleno de cosas sorprendentes a las cuales había que nombrar o renombrar continuamente.

Y también los textos tenían nombre. Alguno podía ser una carta, otro un poema; ese un cuento, aquel, más gordo, novela. Y cuando se juntaban formaban libros y cada libro tenía nombre. Epistolario para las cartas; libro de cuentos; poemarios, los que más le gustaban, para eso llamado poesía. El, en secreto, llamaba a los libros de cuento “Cuentarios” y a los llenos de estampas como las enciclopedias y atlas, “Viajerosos”. Y a los otros, muy serios para él, con palabras que no llegaba a comprender, les daba el nombre de “abracadabrosos” porque le parecían llenos de fórmulas y llaves para abrir las puertas secretas de la vida y la creación. Pero eso sucedió mucho, pero mucho más tarde.

Lo que verdaderamente le interesaba, en ese momento, era conocer el origen de aquel picoteo irregular, acompañado de silencios, que comenzaba, se detenía y volvía a empezar después del canario agudo de un timbre y un sonido semejante al de la lagartija cuando arrastraba su cola entre las piedrecillas del patio. Cruzó las extensas llanuras de papel entre aquellas manadas de letras, que la miraban silenciosas y expectantes, mientras acudía a esa cita con el misterioso repiqueteo que había vuelto a interrumpirse.

De pronto, se encontró frente a una extensa y negra placa que le impedía el paso, recordándole al muro de cuyas rugosidades se aferraba intentando escapar tras sus sueños.  Adelantando sus antenas comenzó a palpar la superficie y le pareció tan fría y lisa como el trozo de vidrio donde solía mirar, con la constancia de un astrónomo, el misterio de los pájaros de fuego que volaban en el cielo nocturno, cuyo reflejo descubriera en aquel charco de sombras y agua.

Sin embargo, la superficie de la placa era más dura que su caparazón, carecía de estrías y sus patas resbalaban, incapaces de sostenerlo en ese horizonte de tinta pulida y seca donde la luz, cerrando los ojos, recogía sus pinceles y se marchaba a colorear los tantos misterios que guarda el día en su sombrero amarillo. Al comprobar su incapacidad de ascender por aquel negro obstáculo, el escarabajo, decidió rodearlo, sin saber todavía que aquella lustrosa placa de metal era la parte trasera de la caja donde vivía la incomprensible  productora de los picoteos chincolísticos,  y agudos gorjeos de canario, ahora en silencio, que tanto llamaban su atención.

Caminó siguiendo la extensión ferruginosa y sus antenitas, como radares, le indicaban la distancia sin obstáculos por donde lo hacía.  La lámina era recta, compacta en toda su extensión. El escarabajo llegó a una esquina, donde cambiaba abruptamente de sentido. Y mientras seguía aquella nueva dirección, se dio cuenta que la altura de la placa disminuía lentamente, nivelándose con sus flacas y negras patitas, cambiando otra vez de dirección en un nuevo ángulo recto, pero se abstuvo de continuar ya que súbitamente se reinició el picoteo, seguido del gorjeo y la cola de lagartija arrastrada por las piedrecillas del patio. En el caso de proseguir se hubiera encontrado, después de caminar derecho, con otra esquina y, a otro corto trecho, un nuevo ángulo, como los posteriores, terminando en el punto donde había comenzado su caminata. La caja era un rectángulo.

Temeroso aún, asomó las antenas


Ramón Rubina


Ilustración, Claudia Olmedo